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martes, 14 de marzo de 2017

Palomas #2



La primera vez que hice explotar una paloma con sólo mirarla estaba esperando el 281 en Quilmes, en la esquina de 12 de Octubre y Calchaquí.
Frente a la parada, tres palomas piaban en el hueco entre el techo de chapa a dos aguas y el final del muro de un Coto (1).
Iban y venían, chillando, mientras sobrevolaban el cartel del Rotary Club de Quilmes Oeste, como si jugaran a la mancha.
Todavía no eran las doce del mediodía, estábamos bajo un cielo ultra gris de noviembre, un día de calor insoportable. Las palomas seguían persiguiéndose aleatoriamente y yo las miraba fijo, en la espera.

Explota - pensé distraído en un momento y sentí de golpe un retorcijón tremendo a la altura del hígado. La paloma que estaba mirando dejó de volar y se quedó quieta con las patas en la R de Rotary. En lo que pareció un instante eterno - duró tres segundos - se quedó dura, luego se infló como si fuera una bombucha (2) disfrazada de pájaro, a cuya boca hubieran conectado una canilla abierta.
Sus ojos se asomaron varios centímetros fuera de la cuenca mientras el pico se abría desmedido en una mueca que pudo parecer tanto un grito ahogado como el intento desesperado de tomar algo de aire. 

Sin un sólo sonido, estalló. 

En un primer momento no pude moverme de la impresión que me causó, pero no por haber sido el causante sino por la grotesca transformación del ave en bomba.
Con una mano me sostuve la panza en un intento vano de no cagarme encima mientras que con la otra agarraba muy fuerte un libro que fui a buscar a esa zona de Quilmes, apoyándolo contra mi boca para ahogar una exclamación.
Nadie, de todas las personas que esperaban el bondi(3) conmigo, reparó en la muerte del animalito. Sus compañeras, raudas en dejar el pasado atrás, aterrizaron en sus restos y a picotazo limpio engulleron a la que fue su compañera.

Ciertamente no me sorprendió, fui testigo varias veces del salvajismo de las palomas para con sus compañeras. 

Pasaron los minutos; la conmoción dio paso al morbo y el morbo a la duda: ¿Podré hacerlo de nuevo?
Tenía que intentarlo; tal vez había sido la presión atmosférica la que la había hecho estallar; tal vez mi pensamiento se debió a algún resabio instintivo de prevención del desastre, que pude poner en palabras por la evolución del cerebro humano.

Ahora que lo cuento no sé, pero mientras pensaba en todo esto tenía la vista fija en la paloma de la derecha; que se zampaba a su compañera caída con cierta pereza.
Explota - Pensé de nuevo, emulando el mismo aire distraído de la primera vez.
La aludida levantó el pico ensangrentado y se quedó mirando oblicuamente al cielo un segundo.
Aún más veloz que su antecesora, se volvió un globo con plumas cuya piel, al no soportar más tensión, reventó en silencio.
El dolor del hígado recrudeció con la segunda explosión con tal violencia, que me hizo llevar ambas manos a la boca para contener el desayuno que luchaba por salir.
Para colmo el poco viento que circulaba ya traía ante mi nariz el hedor de la carne de ambas palomas.
Me dejé caer contra la pared de un negocio mientras me doblaba, abrazado a mi cintura.
Tal y como las aves, mi propio hígado parecía querer explotar de un momento a otro.
Sin duda existía un relación entre ambos hechos, pero lo único que pensaba era en no vomitar ni desmayarme; sintiéndome tan increíblemente asombrado por lo sucedido como pelotudo(4) por haber vuelto a hacerlo.
Ahí me asaltaron un montón de cuestiones: ¿Cómo controlar el poder de mis pensamientos? ¿Funcionaría también con otras cosas? ¿Una ventana, un gato, un ser humano? ¿Sería capaz de hacerlo a distancia, mirando una foto? Si al decir "explota" aquello que mire volara por el aire sin manera de poder pararlo ¿Cómo hacer para no decirlo en un enojo, por ejemplo?

Vomité fortísimo mientras todos estos pensamientos se me agolpaban a los gritos en la cabeza.

Abrí los ojos y no pude evitar asociar a mi desayuno - ahora en el suelo y sobre mis zapatillas - con el manchón que debían ser las dos palomas sobre el cartel del rotary club y volví a vomitar.
Nadie se me acercó mientras vomitaba, así como nadie miró a las palomas explotar.
Pero el ser humano está mal por naturaleza, che, es violento por donde se lo mire y si le das algo con lo que pueda romper, va a romper lo que sea.

Una paloma más.

A este punto yo estaba en cuatro patas en la vereda, con el vómito goteándome de la nariz al suelo, a treinta centímetros de mi cara. En eso levanto la cabeza y la miro.
Picoteaba, volaba un poco, daba una vuelta, volvía. Quería matarla también, pero dudaba.
¿Vos qué harías? Sabés que podés reventar un pájaro con la mirada pero el precio es que te explote el hígado y probablemente te mueras de dolor, deshidratado o por la infección.
¿Vale la pena? ¿No sería preferible guardar esa bala para un objetivo mayor? ¿Para un asunto de vida o muerte?

Me levanté despacio, agarrándome del caño de la parada del bondi. Con la manga me limpié la boca y escupí la poca bilis que me quedaba. Miré a mi alrededor: algunas personas me estaban mirando, otros comentaban por lo bajo sobre e charco de vómito cuyo olor ya se empezaba a sentir.
Me importó un carajo, miré a la paloma una última vez.
Matarla o vivir.

Una náusea violenta casi me hizo vomitar de nuevo. Tomé aire. Enfoqué la última paloma que parecía estar mirándome.
Simulé un aire distraído.
Explota.



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Vocabulario:
(1) Coto: Cadena de supermercados
(2) Bombucha: Marca de globos de agua
(3) Bondi: Autobús, colectivo.
(4) Pelotudo: Idiota.

2 comentarios:

  1. Qué buen relato. Qué de sensaciones. El tipo se pregunta todo lo que se debe preguntar, sin embargo...
    Sí, somos todos destructivos. Pero yo hubiera probado esa supuesta última bomba en una persona.
    Da para continuarlo.
    Saludos.

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    Respuestas
    1. El impulso de destruír nos terminará aniquilando.
      Tal vez haya una segunda parte o una versión extendida.

      Celebro las sensaciones ocasionadas.

      ¡Qué andes bien, Raulo!

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