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lunes, 14 de septiembre de 2015

Un acto teatral




Según Peter Brook para realizar un acto teatral se necesita esencialmente un espacio vacío, un individuo que realice una acción sobre éste y otro que lo observe. Siguiendo esta pauta nos trasladamos a un colectivo en movimiento. Subo y en el espacio para discapacitados está él.
Él tiene alrededor de treinta años, está en silla de ruedas y va más allá de cualquier definición posible de obeso. Como una suerte de pez globo con la cara llena de pecas y una sombra de barba candado crecida, ojos oscuros con tan largas pestañas que parecen delineados; además de unas manos regordetas y pequeñas agarradas al pasamano.
Detrás suyo un hombre de tamaño medio de unos sesenta años. Imaginalo como quieras, no vale la pena desarrollarlo en detalle.
Pongámosle un nombre, no al tipo detrás sino a él. No sé... Nicolás, ¿Qué te parece? Para mí Nicolás está bien.
Bueno, como te digo, Nicolás está sentado en la silla de ruedas. Recorre las caras de las personas con los ojos bien abiertos. Totalmente inmóvil.
Dejo atrás una metafórica mochila llena de prejuicios para contarte las cosas sin un velo. No tiene mentón y en su cara impasible e interminable anida el gesto de quien se ahoga.

Pero no se ahoga.
No lo sé, a decir verdad.

Nico, Nico, Nico... ¿En qué pensás? Las cuadras se suceden mientras el viaje ocurre y Nicolás no parpadea, no escucha música, no habla con su acompañante, no usa un teléfono, no mira hacia ningún otro lado más que a mí.
No puedo precisar en que momento dejo de respirar. Seguramente al notar su mirada ovalada sobre la mía, la cual mantengo tratando a conciencia de expresar con mi cara lo menos posible.
El colectivo frena y sigue; la gente sube y baja; sin embargo allí estamos, rompiendo la cuarta pared entre el actor y su público, yo expectante y él inmutable. Buscando mantener un equilibrio de fuerzas sumamente inestable.

Va a explotar.

La seguridad de que así será late fuerte en mi pecho, Nicolás explotará de un momento para el otro. Su sangre y carne volarán por cada rincón del colectivo, empujadas por la inmensa presión generada en el interior de su cuerpo al son de un plop cataclísmico.
También él lo sabe - me digo en mis pensamientos, mis ojos sobre los suyos aunque parpadeando de tanto en tanto - de ahí que no se mueve. Para no reventar.
La idea me causa la gracia propia del morbo inevitable, de ese humor negro nacido de la inevitable violencia inherente al hombre; la violencia de la copulación; de la intromisión del espermatozoide al óvulo; la violencia con la que las células se dividen y se expanden sin reparos dentro del útero; la violencia salvaje del parto y aquella con la que gritamos al nacer tras ser cacheteados con más violencia, obligados a seguir viviendo.

Nicolás explotará como un globo de piel y pestañas largas y yo reiré cubierto con sus restos.
 
Volvamos.
Bajo la vista para mirar la pantallita del teléfono. Llevamos unos veintisiete minutos de recorrido. Guardo el teléfono en la mochila, levanto la vista hacia Nicolás que ya no me mira.
Sus ojos enmarcados de negro observan vacíos hacia adelante, a un punto que, aunque detrás, se hallaba a mi izquierda. Están más abiertos y urgentes ¿Están más abiertos? Leo la desesperación, como si no pudiera - desde su cuerpo - hacer más que sólo mirar y sudar, sin poder conversar más que desde el subjetivo lenguaje de las miradas.

Los metros se superponen, el Sol viaja con nosotros a través de los rieles del tiempo. Nico permanece impasivo - reloj de arena vacío de infinitos nombres - sudando copiosamente sobre las constelaciones frenéticas de sus pecas.
Ya sin ganas de seguir observándolo vuelvo a bajar la mirada hacia mi mochila, esta vez para buscar un libro.
Me calzo los auriculares, cerrándome totalmente a su existencia volátil y efímera. Freddie Freeloader, de Davis, llena el espacio mental desde mis oídos a puro trompetazo.

Peter Brook dice que para que exista un acto teatral se necesita esencialmente un espacio vacío, un individuo que realice una acción sobre éste y otro que lo observe.

Empiezo a leer.

Se cierra el telón.

Aplausos de pie. 
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2 comentarios:

  1. Me pareció un relato realmente bueno. Te deja con la sensación de quedar con lamente en análisis constante, tratando de comprender que pasó en esse bondi, y no fue otra cosa que un viaje más, como los de siempre.
    Saludos.

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    1. Gracias por la lectura y el comentario Raúl.

      Tal así, no fue más que un simple viaje con un personaje en apariencia irreal - lástima que no le saqué una foto para que también lo veas.

      Celebro dejarte pensado.

      Un abrazo

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