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lunes, 29 de diciembre de 2014

Un mosquito en la pared (Lo efímero de ser)

Zumba. Vuela. Quieto.
Hay un mosquito en la pared cerca de mi almohada, de mi cabeza apoyada en ésta y lo miro sin moverme, somnoliento; ¿Somnoliento o somnolento? liento, aunque hoy me siento lento y el mosquito se limpia las patas y se petrifica.
Pretende camuflarse, negro en una pared blanca.

Estiro un dedo y lo mato. No. Que viva. Que este pequeño acto de misericordia lo salve. ¿Habrá una especie de enorme dedo, en algún lugar,  que flote impertérrito sobre nosotros y el día menos pensado nos aplaste como mosquitos?¿Quién es el dueño de esa mano portadora de ese dedo aniquilador e inexorable?

El mosquito sigue inmóvil, una línea oscura sobre la pared alba y está muriendo a cada instante que pasa.
Mi dedo va a aplastarlo. No, no lo aplasta. Sus propias células lo aplastan, en súbitas y contínuas implosiones.

¿Dónde está ese dedo que nos espera?¿Existe un momento predeterminado para ser aplastado o el dedo tiene una conciencia que lo guía y puede elegir el cuándo?
Esa debe ser la palabra clave: elegir.

Me ahogo, estoy fresco ante el calor radiante de fines de Diciembre, pero me ahogo. Siento que no me entra el aire al cuerpo.
Elección. ¿Acaso es posible liberarse de las múltiples e invisibles cadenas que nos guían los pasos diarios a seguir?
Somos animales de razón. Una fuerte carencia de instinto nos obliga a aprender para subsistir, a seguir los pasos de alguien más, pero ¿Y si el instinto no estuviera totalmente carente? ¿Cuánto podemos resignar de nosotros mismos en pos de seguir esa línea conductual?
Nuestras células también se desestabilizan y destruyen, acortan el camino del dedo primordial hacia nosotros.

Tal y como el mosquito estamos muriendo todo el tiempo, por dentro y por fuera existe la clave para dejar de existir.

La conciencia nos libera. El saber que muchas de mis acciones son reacciones químicas afortunadas o nefastas me confunde. El saber que muero me aterra pero a la vez me insufla fuerzas para romper el molde y salir de la cáscara de mis oscuridades a ver el sol. El verdadero sol.

Me pone a rasgar velos;
a desoír sabidurías y devorarlo todo;
a escuchar la voz interior que reclama experiencias, pensamientos, ideas, risas, llantos;
a escribir millones de libros;
a disfrutar del sexo con miles de personas;
a nadar bajo el sol dejando que el agua me embolse y me complete;
a repartir amor a manos llenas;
a  plantar árboles eternos y abrazarme a ellos en fusión;
a despojarme de personas, recuerdos, lugares;
a andar vacío de conceptos y sin pretender dejar una huella;
a no dejarme morir en la cotidianeidad de una vida predeterminada.

A elegir que camino seguir.



2 comentarios:

  1. Pues tenías razón en la coincidencia de temática y pensamiento, ambos hemos utilizado un insecto molesto como base para nuestra reflexión. Gran texto. A ver si puedo seguir paseando por aquí :) (No imaginas lo extraño que me sonó lo de "el calor radiante de fines de diciembre" XD).

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    1. Paseá tranquila que las puertas de este Jardín Salvaje (en palabras de la querida Anne Rice) está abierto de par en par.

      A fines de diciembre hace un calor inmenso, cosas del vivir en el hemisferio sur xD

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