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lunes, 24 de agosto de 2015

Aquel que puede defendernos.




Eones atrás tomé la decisión que marcaría y daría sentido a mi existencia: Defender a la humanidad.

A lo largo de los siglos hice incontables apariciones en la Tierra ante la llamada del indefenso, ante el llanto desesperado de los desprotegidos; cada sonrisa suya fue alimento y fuerza para mis músculos.

Encarné miles de individuos que a fuerza de puños, acero o palabras llevaron paz y sosiego a la gente a través de guerras, pestes, crisis.
Fui llamado dios, héroe, campeón, maestro, gran espíritu, ángel guardián, doctor; siendo invocado bajo innumerables nombres en cada siglo o nación.

Cuando el mundo logró al fin hermanarse me despedí de esta realidad y floté incorpóreo por cada rincón, conectado a la inmensa e invisible red de electrones que compone al mundo, viviendo en cada pensamiento, en cada suceso de manera simultánea y precisa.
Esperando, vibrante, la próxima vez que mi poderío incalculable fuera necesario.

Esa ocasión se presentó treinta años después de la última Gran Guerra.
La humanidad ha cambiado y también sus defensores. Ahora hombres y mujeres con trajes coloridos y capas son los emblemas de la paz y la justicia. Superhéroes, los llaman.
Aparecí en el cuarto contiguo de una casa en llamas traído por los llantos de un grupo de personas, que lanzaban agua desde la calle a la espera de los bomberos.
En sus mentes se hallaba la razón de su desesperación: Felipe, un niño de cuatro años que no había podido salir antes de que las llamas devorasen con furia los muebles.
Aparté las vigas sin esfuerzo avanzando entre las voraces lenguas de fuego que en vano tocaban mi piel, caminé a través del espacio hasta llegar a la habitación donde Feli yacía sin vida contra la cara interior de la puerta.
Asfixia.
Arranqué la puerta de los goznes y tomé el cuerpito.
Las sirenas de los bomberos quebraron el crepitar de la casa en el incendio al momento que salí por la puerta principal con Felipe contra mi pecho.

Potentes chorros de agua golpean las llamas a mi alrededor, salpicándome apenas. La policía mantenía a los curiosos y los damnificados a raya dándome la espalda. Sólo se dieron vuelta a observar cuando el gentío me vio salir y gritó el nombre del niño.

Caminaba despacio. Hablé a los átomos dentro de Felipe y los reconfiguré para constituir un cuerpo plenamente sano, libre de los efectos nocivos del humo y la muerte. Una orden más y toda su estructura recobró su funcionamiento. Dormía, pero estaba vivo.

Los padres y vecinos se abalanzaron sobre mí y me lo sacaron de los brazos para cubrirlo de besos y lágrimas, mientras los vecinos me vitoreaban abrazándome y palmeando mi espalda.

Separé mis moléculas y desaparecí súbitamente ante sus ojos.

Ahora conocen mi existencia y me han puesto un nuevo nombre. La leyenda urbana ha comenzado a correr velozmente entre la población incrementando mis poderes.
Estoy siendo invocado. Una toma de rehenes en un geriátrico.

Armo un cuerpo sólido casi instantáneamente. Aparezco sentado en el escritorio con una sonrisa radiante.
Contesto a su pregunta: ¡Yo!
Los rostros de los maleantes se desencajan - no creían que fuera real - mas uno de ellos rompe el silencio susurrando: El Chapulín Colorado.

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6 comentarios:

  1. Excelente relato. Que bueno tener de vuelta al Chapulín entre nosotros.
    Saludos.

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  2. ¡Hola Raúl! Gracias por leer y comentar.
    El Chapulín es, fue y será un ícono del heroismo realista - visto desde el lado de sus tan humanos defectos - además de uno de mis superhéroes favoritos.
    No quería dejar pasar la inspiración pra homenajearlo.

    Un fuerte abrazo

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  3. Muy bueno, Elliott, muy muy bueno, siempre me han gustado las historías de fantasía, los comics de superheroes (a ver si el fin de semana voy a ver que han hecho con mis queridos Fantastic 4) y la verdad es que en un corto espacio lo bordas, he disfrutado como un chavalillo. Un abrazo!!!!

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    1. Querido amigo Cronista, el Chapulín Colorado - allende el no ser argentino - es un superhéroe hecho y derecho que habla y piensa en nuestro mismo idioma.
      Un ícono para muchos de nosotros y en este homenaje busqué ensalzar esa magnificencia tan suya.

      ¡Después contame que tal está la nueva película de los 4 Fantásticos! (¿La nueva Antorcha es de color por tanto fuego? Cuanta maldad jajaja)

      Celebro que lo hayas disfrutado, te abrazo enormemente.

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  4. Qué buen relato, Elliott, me encantó.
    Me fascinaba El Chapulín, ja; y manejaste el suspenso y el drama, durante toda la trama, de manera impecable. El final es genial, je, inesperado...
    ¡Saludos!

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    1. ¡Gracias por los elogios, Juan!

      No tengo mucho que agregar que lo que ya he comentado. El Chapulín es un personaje que infaliblemente me hace reír, al que - a medida que crezco - entiendo y disfruto cada vez más.
      Se merece mil y un homenajes.

      ¡Un fuerte abrazo!

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