El lugar donde podés leer la Biblia dentro de un calefón

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viernes, 20 de noviembre de 2015

Llaves




Abre la rejita que divide al patio delantera de la vereda. Entra. Mochila al hombro, camperón holandés bordó, jeans oscuros: húmedos. Todo empapado. Postal andante de un día de lluvia intensa que lo encontró en la calle.
Llega a la puerta. Rebuscar en el fondo de la mochila es más cansador que sólo tocar el timbre, que suena. 

Nadie responde. 
Nadie habita. 
Suspira.
Se descuelga la mochila, la baja al suelo, mete la mano y comienza la búsqueda ciega. Anteojos de sol, un cuaderno Gloria de 48 hojas, un pendrive celeste de 4 gb, un preservativo, otro, un librito del Nuevo Testamento regalado por anónimos Testigos de Jehová, una lapicera azul de trazo fino, una bolsa con tres pares de medias hechas una bola, una novela de bolsillo, otra bolsa con pastelitos, papeles, más papeles, más preservativos, un elástico para hacer gimnasia, auriculares de diskman, el cargador del teléfono, otra vez los lentes de sol.

Escudriña cada rincón de la mochila mientras piensa fugazmente en el tacto como herramienta de percepción, en la asociación instantánea de las texturas con las imágenes que guarda de éstas en su cabeza. Se asombra ante la idea.

Ni una señal de las llaves.
Deja la mochila en el suelo. Se palpa los bolsillos del camperón, nada. Mismo los del pantalón, tampoco.
Es un hecho: salió sin llaves.

Este el pensamiento más esperanzador y lo sabe. Las opciones siguientes recaen en haberlas olvidado en la mesa de su novia, en el trabajo o en lugares más difíciles de corroborar como la Municipalidad –donde fue a llevar unos papeles – o un club, donde más temprano formó parte de un cortometraje.

Ninguna de estas variables le merece más tiempo que el usado para crearlas y eso también lo sabe.

Saca el celular del camperón y mira la hora, 21:24. La madre está por llegar. Restará esperarla y ya. La gata olisquea los pastelitos dentro de la mochila y trata de meterse. La agarra de la panza y la aleja. El animal maúlla solicitando comprensión. Se la concede: son realmente ricos. Cierra mejor la bolsa, la hunde en la mochila, tira las medias encima, cierra la mochila y se sienta en el suelo.

Pone un juego en el teléfono para matar el tiempo. Tiene un trabajo práctico por hacer. Dos semanas de atraso en la entrega. Estrés, desidia, la ineludible certeza de que poco le importa hacerlo a estos días de noviembre, donde el año empieza a pesar y aún las vacaciones son cosa del futuro.
Juega varias partidas, gana, pierde. Cierra el juego, mira el reloj en la pantallita 22:07. Bufa impaciente, saca la novela. Lee.

Piensa, si yo fuera mi vieja y tuviera un hijo tan boludo como para salir sin llaves, sabiendo que vuelve tarde, y yo encontrara esas llaves ¿Las dejaría en el buzón para que, en un rapto de lucidez como éste, las encontrara?
Seguro, concluye, y contento por su inteligencia se incorpora y va al buzón, abre la puertita, mete la mano.

Nada.

El kiosco frente a su casa cierra con estrépito de persianas y rejas. Al lado de éste voces de hombres conversando llegan hasta sus oídos. Deja de leer, rebusca en la mochila. Confirma la ausencia. Repasa los posibles lugares nuevamente.

Se decide a trepar el frente de su casa y entrar por el techo, como tantas otras veces. 
Lo acobardan los tipos que hablan al otro lado de la calle. No quisiera ser apresado por entrar a su propia vivienda como un Pata de lana. Levanta la vista al farol de la entrada. Piensa en la oscuridad. Desenrosca la pantalla esférica. El vidrio está tibio y plagado de bichos muertos – una piñata de vidrio opaco rellena de cadáveres – la lamparita está muy caliente. Se quema los dedos. La deja. Los tipos se saludan y se van. Lo toma como una señal. Sonríe. Trepa por las ventanas, se agarra de la cornisa del techo y sube.

El cielo mutó del gris lluvioso al marrón igual-de-lluvioso-pero-marrón-porque-es-de-noche. Atraviesa el techo, baja por la escalera de la terraza, encuentra la puerta de su pieza sin llaves, deja el camperón y la mochila, lo recibe su perra Mantonegro, grande de cuerpo pero chica de edad, quien a modo de abrazo le estampa sus huellas de barro en la remera blanca. Putea. Se asoma por la ventana de la habitación de su hermana, saca el mosquitero y entre contorsiones pasa por la reja. Cae de cabeza en la oscuridad. Sale de la habitación. Busca las llaves en el comedor.

Tiene hambre, revuelve cada espacio, prende la televisión, sigue buscando, el animal maúlla al lado suyo. Piensa que en el llavero perdido está la llave de su pieza, - que está en el patio del fondo - y que ésta seguirá abierta. Lamenta el futuro cambio de cerradura de la puerta vieja, vuelve a su habitación a agarrar la mochila, saca resignado el pendrive para hacer el trabajo práctico, mira por mirar hacia abajo, al lado de la mesa de luz.


Las llaves.



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5 comentarios:

  1. Más de una vez me ha pasado salir sin llaves, apurado por algún trámite de cinco minutos, tanto de mi casa como del laburo, para luego, al regresar, corroborar la maldita ausencia. Qué manera de putear, ja.
    Muy buen, Facu, me gustó.
    ¡Saludos!

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    Respuestas
    1. Es increíble lo dependientes que podemso llegar a ser de algo tan chico.
      Ni hablar del dolor de cabeza en su ausnecia.

      jaja

      Un abrazo grande Juancho

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  2. Ja,ja, ja, si me habrá pasado... peor para mí, que una cuantas veces las termino teniendo encima.
    Saludos.

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  3. "Igual-de-lluvioso-pero-marrón-porque-es-de-noche", ¡Insuperable!

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