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miércoles, 4 de marzo de 2015

La caja


Esta historia arranca un viernes de abril, como a las diez de la mañana.
El cartero tocó el timbre repetidas veces. Al grito de ¡ya va! bajé las escaleras de dos en dos y me arrojé contra la puerta.
El tipo puso la misma cara que habría puesto yo al ver una puerta abriéndose tras un golpe seco, dejando emerger un veinteañero despeinado, con los ojos pegados y vestido sólo con un short raído; mirándolo con cara de lunático.
Tengo un paquete para Erwin yord... yordín... bueno, Erwin. ¿Está él?
Sí, soy yo, le respondí y crucé el jardín delantero para salir a la vereda, acercándome a él.

Era una mañana impecable para ser otoño. Un cielo limpio le servía de escenario al sol para lucirse en su plenitud. Algunos gorriones cantaban desde las ramas del árbol de paraíso, en la vereda, y una brisa suave y tibia me recordaba, con gozoso estrépito, que debía ponerme una remera.
En las manos del cartero, una caja de madera con una etiqueta.

Firmé la planilla de entrega, tomé la caja, saludé y volví adentro. El paquete era pesado y parecía bastante antiguo.
Era una caja de madera, de más o menos setenta centímetros de largo, por treinta de alto y veintipico de ancho.
No tenía señas ni muescas y su interior no estaba hueco, como comprobé al sacudirla muy suavemente.

La etiqueta rezaba: "von A. E. zu E. S.Denn alles ist möglich. 1950"

¿1950?¿Para mí? Acá seguramente había un error. Esta caja que llevaba mi nombre estaba fechada cuarenta y un años antes de que yo naciera y la dedicatoria estaba en alemán, por lo que era imposible que fuera dirigida hacia mí ya que el único que sabía hablar alemán en mi familia era... mi abuelo Erwin... de quien yo recibí su nombre.
Claaaaaro, me dije, chasqueando los dedos, y la mente me ebulló de preguntas: ¿Quién sería el tal A.E.?¿Por qué esta caja había llegado 65 años después?¿Qué significaba aquella frase en alemán? ¿Qué clase de reliquia habría dentro?

Todos estos interrogantes que se agolpaban en mi cerebro con ganas de hacerlo estallar, se esfumaron ante el primer sonido que salió de la caja.

Un quejido.

Me paralicé donde estaba y apoyando la oreja contra el paquete agucé el oído para escuchar.
Dejé suavemente la caja sobre la mesa del comedor y en el preciso instante que la solté, el quejido volvió a escucharse.
Era un sonido ronco, lastimero, ahogado por el confín de la caja. 


¡Algo estaba vivo dentro!


Corrí al cuarto del fondo a buscar una barreta. Revolví entre cajas y trastos viejos hasta que di con el fierro.
Entré nuevamente y el quejido era un sonido constante; la caja comenzaba a estremecerse con intermitencia.


Con la frente perlada de sudor, clavé la punta de la barreta en una pequeña rendija y empecé a hacer palanca firme pero con suavidad para no asustar a aquello que estuviera en su interior
¿Qué animal podría vivir encerrado en una caja sin comida, agua y aire por casi setenta años y así y todo tener fuerzas para hacer ruido y moverse?¿Una tortuga?¿Algún reptil exótico?

Mi papá solía contarme que el abuelo era muy hermético en cuanto a algunos experimentos, sobre los que solía responder en un alemán cerradísimo ante cualquier pregunta que le hicieran.



Una tabla de la caja empezó a ceder lentamente, dejando escapar una nube de polvo enorme y el aire se pobló de un ácido hedor a putrefacción, como un cadáver rociado con vinagre.
Tosiendo me tapé la boca y entrecerré los ojos que me escocían cuando desde la caja volvió a escucharse ese quejido. Ahora sonaba con un volumen ensordecedor que me hacía vibrar los huesos, como una nota grave saliendo de un parlante gigantesco
Aturdido, caí hacia atrás gritando al tiempo que pude vislumbrar una pequeña silueta que se arrastraba rengueando desde el interior de la caja, dueña de unos ojos brillantes que parecían atravesarme.

La criatura volvió a emitir ese sonido y ahí comprendí: era un maullido.
Un maullido ronco, sobrenatural, que lo abarcaba todo.

El olor a descomposición se tornaba cada vez más nítido a medida que la sombra se acercaba. A quedar a unos cinco pasos de donde yo estaba tirado gritando y tosiendo, abanicando con las manos la polvareda, pude verlo con claridad sólo para desear no haberlo hecho jamás.
Ese ser había sido un gato siamés alguna vez, pero ahora se arrastraba con el cuerpo descompuesto y a la vez lozano, como dos imágenes superpuestas; sin sacar sus ojos de los míos y gritando a todo pulmón una única y gravísima A que amenazaba con hacerme explotar la cabeza.

¡Schrödinger! - le oí decir sin mover los labios, hablándome directo a mi mente desde el rugido - ¡Schrödingeeeeeeer! - se urgió y el mundo entero se sacudió ante su furia - ¡Has violado las reglas de la vida y la muerte por lo que a ambas conocerás! - Abriendo la puerta a un sinfín de horrores que se deslizaron ante mis ojos, visiones terroríficas de criaturas sin forma en distintas y aberrantes dimensiones de la existencia. Millones de ojos, bocas, lenguas, tentáculos, torsos, alas, garras, manos, pies y voces ¡Oh las voces! letanías indescifrables de infinitos idiomas y tonos que reclamaban cada átomo de mi cuerpo y mi alma, que invocaban al caos, que lloraban, que reían, que gritaban furiosas o hablaban tranquilas, voces que cantaban desde tiempos anteriores al nacimiento mismo del tiempo, épocas de oscuridad y demencia.
Ví nacer y morir a cada ser que haya existido y  que existirá en cada sitio del universo; viví sus vidas, sus alegrías, sus desesperanzas, sus muertes naturales y trágicas, el calor y el horror del paso a la nada en la tierra; lloré su primer llanto y exhalé el último aliento de cada uno.

Pude sentir como iba desintegrándome, como cada átomo que conformaba cada milímetro de mi ser se veía irremisiblemente arrastrado a esa vorágine interminable, desgarrándome de formas inimaginables.

Con el último hálito de vida, golpeé al gato con la barreta, haciendo estallar su cabeza en mil pedazos secos. Aún sumido en el vendaval de sensaciones vi al gato entero, aún frente a mí.

Era la vida y la muerte a la vez.
No podía crearse ni desaparecer.
Veía repetirse el ciclo eterna e instantáneamente una y otra vez en su híbrido cuerpo.
Arrastrado por su poder infinito, me volví parte suya y de su circo cósmico.





6 comentarios:

  1. Hace un tiempo dejaste la dirección de tu blog en el mío "misrelatosyesteblog", en un apartado que intentaba -y consiguió- crear un pequeño directorio de docenas de blogs literarios. Decías que no sabías qué repercusión tendría un comentario tan al sur de la página, pero ya ves, alguna ha tenido. Antes te hubiera visitado sino fuera porque España va tan bien que me ha costado meses ahorrar para un nuevo ordenador.

    A lo que vamos: tu relato. Fantástico en los dos sentidos de la palabra. Casi me desteté leyendo a Hoffmann, Poe y Lovecraft, asi que me has enganchado muy rápido. Eres muy bueno, chico, este relato raya a gran altura. Me gusta porque juegas muy bonito con el círculo ancestral y universal de la vida y la muerte, algo con lo que cualquiera puede identificarse.
    Y tiene ritmo, atrapa, engancha, y fascina, todo lo que una buena narración fantástica debe de hacer. Enhorabuena. Un saludo.

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    1. Recuerdo clarísimo mi comentario en aquel blog que creía que nadie vería.
      Desde ya te agradezco el mantener esta dirección en tus pensamientos y dejar este comentario hoy.

      El relato surge de una sugerencia que vi en internet de casualidad, sobre la que se instaba a quien leyera ese artículo escribir cualquier cosa sobre una caja.
      Me vino a la mente el famoso experimento de El gato de Schrödinger, y lo demás fue una serie de conjeturas; si existe un ser que puede estar vivo y muerto a la vez ¿Qué repercusión traería en esta realidad tal transgresión?

      Lo demás, lo has leído.

      Muchas gracias nuevamente, y bienvenido a Pensamexos Inconientos.

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  2. Muy bueno, Elliott. Se siente el horror al leer la trama, como así también la angustia del protagonista.
    Me animo a decir que es lo mejor que he leído de tu autoría.
    ¡Saludos!

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    1. Voy creciendo con cada error, aunque coincido que es de lo mejorcito que ha brotado de esta cabezota mía.

      ¡un abrazo fuerte!

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  3. Una historia sobrecogedora, sin dudas. Mengele se me vino a la cabeza de inmediato.
    No sé si es lo lo mejor de tu blog, porque es lo primero que leo, pero lo disfruté, Elliott.
    Saludos.

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    1. Gracias por pasar y comentar, Raúl.
      Bienvenido al blog y espero puedas encontrar placenteros también a otros de los tantos relatos.

      Nos estamos leyendo, un abrazo.

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