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jueves, 26 de febrero de 2015

Lealtad

Inspirado en el relato "Fuera del horario de visita" de Juan Esteban Bassagaisteguy, como versión alternativa del mismo.

Llevaba tres años de libertad y dos de novia con Ahmed.

Dos años intensos, lindos, donde ya casi había olvidado su vida anterior, donde creyó que era real la posibilidad de volver a empezar.

Ahmed era un hombre sencillo, tranquilo. Wafaa lo había conocido varios días después de su llegada a Egipto, en el museo donde el trabaja como guardia y ambos habían quedado prendados del otro.
Pasado un año de idas y vueltas, Wafaa decidió conocer en profundidad a Ahmed con una sola consigna: que siempre habrían de verse fuera del museo.

Si bien el joven aceptó de inmediato, con el correr de los meses fue insistiendo en que "de noche no hay quien nos moleste", "vení tranquila que podemos hacer lo que queramos"; a lo que ella siempre se negaba con fría determinación.

Dos años transcurrieron de alegrías, pasiones, desencantos, lecciones de historia antigua que ella conocía de memoria pero sobre las que fingía sorpresa y desconocimiento para agradar a su pareja.
Dos años en los que ella no le practicó ninguna felación, argumentando con sus grandes ojos ambarinos que no sabía cómo hacerlo bien, que no quería decepcionarlo; cuando en realidad no recordaba cómo hacerlo.

Ahmed, el bueno de Ahmed, solía pensar en las frías noches del desierto cuando mesaba los cabellos de él mientras dormía.

La luna brillaba llena y Wafaa saboreó el aire nocturno con inmenso deleite desde su balcón. Esa noche no habría nada que temer. Esa noche ella volvería al museo con Ahmed, llevaría un pack de cervezas bien frías y pasarían un gran momento juntos. Seguramente hasta se la chuparía. Sonrío ante la ocurrencia y entro a cambiarse a la habitación.

Una hora y media más tarde estaba allí. El alcohol había corrido tempestuoso y la música de flautas que sonaba en los altoparlantes la sumió en un éxtasis inigualable.

La danza fue preludio de la excitación y lentamente sus manos comenzaron a explorar el ya conocido cuerpo de Ahmed, quien medio adormilado por la bebida sonreía ante sus caricias.
Comenzó a practicarle una fellatio con cierta timidez, mientras los dedos de su novio le enredaban suavemente el pelo.

Neys y kawalas sonaban frenéticos desde el Cd, y Wafaa entraba en un éxtasis demoledor, tal, que su boca recuperó la destreza de antaño y pudo recorrer el miembro de Ahmed con una eficacia comprobada por sus gemidos desesperados; mientras ella perdía la noción del tiempo y del espacio; sumiéndose en recuerdos de su vida anterior tan lejana ya.

Frío.

La música había cesado, la rigidez y el frío que emanaban del pene de Ahmed la devolvieron a la consciencia. Abrió los ojos, se paró y fue testigo de un espectáculo estremecedor: Ahmed se encontraba de pie, muerto, con la cuenca de los ojos vacía y la boca desencajada en un grito de terror.
Quiso gritar pero no puedo emitir un sonido.
Se llevó las manos a la boca e instintivamente se alejó hacia atrás hasta que chocó contra algo sólido y caliente.
Aún en shock, se dio vuelta lentamente y se encontró con los ojos de su novio, sus ojos, que la miraban fijamente con un color ahora violáceo, desde un rostro sonriente en la cima de un cuerpo desnudo, bronceado y musculoso, cuyas heridas y zonas putrefactas se iban cerrando y tomando un color saludable por debajo de algunos vendajes que aún lo cubrían.

Él. Su peor temor. La razón por la que no volvería al Museo, por la que no regalaría su libertad.

Wafaa pudo gritar y pronto se vio apresada por los poderosos brazos de la momia, que la atrajeron hacía sí dejando el oído de la muchacha en su boca, lo suficiente como para que ella le escuchara decir: hora de volver a casa, mi querida.

La momia la soltó y Wafaa cayó al suelo presa de un éxtasis convulsivo enloquecedor, como si su cuerpo no le perteneciera más que a él; convulsiones tales que desgarraron su carne como una crisálida y la obligaron a olvidar su vida humana, devolviéndole visiones de tiempos remotos, de hechiceros y faraones.

Se irguió cual negra y enorme era desde su envoltorio humano y mientras siseaba, miró a los ojos a su amo.

Él que no había dejado de sonreír, llamó en un susurro a la imponente cobra real que se apostaba frente a sí y oferciéndole un brazo la vio subirse a éste y enroscarse, cual mascota fiel, entorno a su cuerpo.


2 comentarios:

  1. Gran sorpresa la de «Lealtad», Elliott, y muy grata.
    Jamás me imaginé ese final (excelente...), con Wafaa como servidora fiel del oscuro protagonista «de vendas llevar», y desde varios milenios de antigüedad.
    Le diste un giro interesante al micro original, develando por qué Wafaa era experta en el sexo oral, y porqué apareció la maldita momia interrumpiéndolo todo.
    Me gustó mucho, che. Y gracias por mencionarme al inicio de tu relato y por linkearme al blog :).
    ¡Un abrazo!

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    1. Quise atar los cabos sueltos de una forma tan inesperada como coherente (todo lo coherente que puede ser un relato sobrenatural jajaja)

      No tenés qué agradecer, es un deleite el leerte y si puedo llevar a otros a que también lo hagan, mejor.

      Gracias a vos, nuevamente.

      un fuerte abrazo

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