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lunes, 25 de julio de 2016

Compañía

Me gusta asistir a los entierros y abrazar sin motivo alguno a aquellos que lloran.
Debe ser horrible saber que estás echándole tierra encima a alguien que alguna vez rió, lloró, y compartió emociones y momentos con uno.
Por eso estoy siempre que hay un entierro.
Me quedo al lado de las viejitas, les agarro de la mano a los nenes que lloran, abrazo a los que quedaron de este lado.
Qué sé yo, me hace sentir bien.

He escuchado que a veces se quedan un tanto inquietos, preguntando quien era esa persona de blanco que los abrazó, o que les dijo tan conmovedoras palabras que los hicieron sentir un poco mejor.
Para ese entonces, yo ya volví bajo la hierba.
Pero no puedo dejar de sonreír.




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3 comentarios:

  1. ¿Hay que tener miedo?, ¿no hay que tener miedo?, ¿vale la pena asustarse por algo que te hubiera asustado pero que ya pasó?
    ¿Por qué tenemos que cuestionar la presencia de alguien que no busca otra cosa que hacernos un bien?

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    Respuestas
    1. En un mundo donde podemos acompañarnos simplemente a través de las palabras en una pantallita, la compañía sin tener un cuerpo sólido ni siquiera es un hecho sobrenatural.

      La modernité e' así

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  2. No siempre están para asustar. Y este es buen reflejo de muchas historias conmovedoras.
    Saludos.

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